William Ospina,  El choque de dos mundos

Es apasionante rastrear los momentos de ese diálogo entre Europa y América, los encuentros y los desencuentros que han marcado esta ya larga historia de dependencias recíprocas y también de decepciones y desengaños. La aventura del siglo XVI se ala para los hijos de la América Mestiza el nacimiento de una doble conciencia: la de ser hijos a la vez de los conquistados y de los conquistadores, la de ser herederos de las víctimas y de los verdugos. Esa difícil condición tiende a hacer relativas muchas verdades y parece exigir siempre de nosotros, los hijos de esa fusión, pensar toda cosa a la vez desde la cultura y desde la naturaleza, desde la razón y desde el mito, desde el pensamiento lógico y desde el pensamiento mágico.

Los pueblos indígenas americanos fueron diezmados por unas culturas convencidas a ciegas de su superioridad; el triunfo de la fuerza parecía bastar para conceder legitimidad filosófica a los vencedores frente a los vencidos. Mucho se habló de la barbarie de los nativos, pero el mismo emperador Moctezuma, que una vez había ordenado la demolición de un templo porque su estructura y su disposición no se ajustaban a las pautas astronómicas correctas, fue quien le dijo a Hernán Cortés con gran sensatez que no era necesario derribar las estatuas de los dioses aztecas con esa violencia, que si los conquistadores les explicaban por qué él y su pueblo estaban equivocados, ellos estarían dispuestos a corregir sus errores. También se justificó a menudo el exterminio argumentando la repulsión que causaba en los cristianos el canibalismo de los nativos. Pero a comienzos del siglo XIX Humboldt anotó con mucha gracia: Pienso, no obstante, que la antropofagia de los habitantes de esas Antillas ha sido bastante exagerada en los cuentos de los primeros viajeros. Un grave y juicioso historiador, Herrera, no ha desdeñado incluir esos cuentos en las Décadas históricas: incluso ha dado fe a este accidente extraordinario que hizo a los Caribes renunciar a sus bárbaras costumbres. 'Habiendo devorado los naturales de una pequeña isla a un fraile dominico secuestrado en las costas de Puerto Rico, todos enfermaron y no quisieron volver a comer a nadie, ni religioso, ni secular'.

Entre las muchas cosas que es necesario considerar de las naciones que poblaban el territorio de América a la llegada de los españoles, las más importantes son sin duda el respeto de unos códigos de honor, y el tipo de alianza que tenían con la naturaleza. Entre el imperio Azteca y el imperio Inca había numerosas diferencias, pero si en algo coincidían era en el modo como todos sus actos, los hermosos y los terribles por igual, estaban inscritos en un orden ceremonial y tenían su justificación en el contexto de la cultura a la que pertenecían.

A la luz de nuestros cánones de hoy, muchas conductas de la antigüedad en todos los rincones del mundo son inaceptables. La leyenda bíblica de Abraham yendo dócilmente a sacrificar a su hijo Isaac en las monta as por orden de Dios delata la costumbre de los sacrificios humanos, e incluso de los sacrificios familiares, en el seno de la primitiva religión judía, y en la inmolación de Cristo mismo se nos ofrece simbólicamente una reviviscencia de esa figura del hijo sacrificado. Esa costumbre de inmolar seres humanos en los altares de la divinidad y de la verdad no era una costumbre antigua abandonada por los europeos: era una costumbre viva en los tiempos del descubrimiento de América, y cuando los soldados y los sacerdotes de Conquista declararon con sinceridad su estupor y su rechazo ante los sacrificios rituales que se realizaban en los altares aztecas, no advirtieron que por aquellos mismos tiempos la Santa Inquisición sacrificaba en los altares del Dios cristiano a incontables seres humanos acusados de impiedad y de herejía. Las piras innumerables que alumbraron los campos de la religión son la parte evidente de ese ritual que persistía por entonces.

Al menos era una costumbre pública y harto visible, como la de los aztecas mismos, con la diferencia de que éstos no calumniaban ni satanizaban a sus víctimas al modo de la Inquisición, sino que trataban a los sacrificados como seres sagrados, pero en la Europa de aquel tiempo existían costumbres más crueles y menos francas, y lo que la Santa Inquisición hacía en sus mazmorras, con potros de tormento, garfios y tenazas, y con braseros que acercaban a los pies de sus víctimas inmovilizadas, lejos de la mirada pública, era menos justificable a la luz de unos códigos ceremoniales. La interpretación de la historia que nos legaron nuestros abuelos, los conquistadores, puso el énfasis sobre la barbarie de los nativos de América, y no consideró la barbarie de los europeos de su tiempo. Es curioso que los pueblos que obraron uno de los mayores genocidios en la historia de la humanidad, se hayan aplicado a declarar bárbaros y salvajes a los pueblos que fueron sus víctimas, procurando tal vez legitimar así la masacre.

La muerte de millones de americanos entre los siglos XVI y XVII suele atribuirse a una sola de sus causas: lo que hoy llamamos el choque biológico, que desencadenó grandes epidemias de pulmonía y de viruela en las zonas indígenas más densamente pobladas del continente, y no cabe duda de que en ciertas regiones la reducción de la población tuvo principalmente esa causa. Pero al ver los grabados de la época y al escuchar el testimonio de todos los que presenciaron los primeros tiempos, comprendemos que otras causas contribuyeron decisivamente a la caída de la población americana. No es preciso recurrir a los historiadores más afligidos y más alarmados, como Bartolomé de Las Casas, quien fue acusado de propalar una leyenda negra de la Conquista por parte de quienes propalaban la leyenda rosa: muchos testigos presenciales relataron cómo fue el choque militar, y no podemos hacernos muchas ilusiones acerca de la humanidad de los primeros conquistadores, ni de su actitud frente a los nativos. Pero un tercer elemento del proceso de aniquilación fue el rigor de los trabajos que se impusieron a los pueblos sometidos. Juan de Castellanos, quien estuvo en América desde 1539 y alcanzó a dialogar con numerosos aventureros de los primeros tiempos, al enumerar las causas de la mortandad, ni siquiera recuerda las epidemias, en cambio enumera las otras causas, incluido el suicidio por desesperación:

Y así fue que los hombres que vinieron
En los primeros a os fueron tales
Que sin refrenamiento consumieron
Innumerables indios naturales,
Tan grande fue la prisa que les dieron
En uso de labranzas y metales,
Y eran tan excesivos los tormentos,
Que se mataban ellos por momentos.

Lamentan los más duros corazones,
En islas tan ad plenum abastadas,
De ver que de millones de millones
Ya no se vean rastros ni pisadas,
Y que tan extendidas poblaciones
Estén todas vencidas y asoladas,
Y dellas no quedar hombre viviente
Que como cosa propia lo lamente.

Bien podemos decir que la mayor parte de los pueblos nativos de América respetaban en los tiempos de la invasión unos códigos de honor semejantes a los que habían imperado en Europa unos veinte siglos atrás, si hemos de creerles a los poemas homéricos. Sólo el acatamiento reverencial de esos códigos por parte de los Aztecas pudo permitir que Hernán Cortés, a la cabeza de sólo cuatrocientos hombres, se haya apoderado en tan breve tiempo de un Imperio de millones, y sólo el respeto de los Incas por las leyes de la hospitalidad permitió que Francisco Pizarro, con 168 soldados brutales, haya podido asesinar en una tarde a siete mil personas del cortejo de Atahualpa, y desconcertar con sus ca ones fabricantes de rayos al ejército del hijo del Sol en Cajamarca, cuando el Inca, que habría podido atacar a los invasores con sus ochenta mil flecheros, aceptó una invitación a cenar y, para demostrar su confianza y su voluntad de paz, llegó al campamento con toda su corte desarmada y vestida con trajes ceremoniales. Desde la perspectiva de la fuerza y de la capacidad de destrucción, los europeos eran más avanzados, y los pueblos americanos eran atrasados, ingenuos y dóciles. Pero desde la perspectiva de una verdadera civilización hay que preguntarse siempre quién es más civilizado, si el que mata o el que respeta, si el que está cegado por su dogma o el que duda, si el que en nombre de la codicia no se detiene ante nada o aquel que gobierna sus actos y sus pasiones por un sistema coherente de valores.

El segundo elemento que he mencionado es la relación de los pueblos nativos con la naturaleza. Baste para aludir a ella el hallazgo que hizo Ann Osborn de los mitos de los u'wa de la Sierra Nevada del Cocuy en el oriente colombiano. La antropóloga comprobó que ciertos días la comunidad de los u'wa se reúne para escuchar al hablador narrar el mito del Vuelo de las tijeretas. Éste consiste en una larga enumeración de palabras en la lengua de la comunidad. Ann Osborn advirtió que esa enumeración causaba una emoción profunda en las personas, quiso averiguar qué significaban las palabras y descubrió que eran una precisa mención de lugares. Quiso luego saber si aquella secuencia formaba una ruta precisa, y no sólo aprendió que se trataba de una descripción de las fronteras del país de los u'wa, sino que encontró esa ruta sembrada de antiguos postes rituales. Pero esa frontera no había sido trazada caprichosamente: los u'wa afirman descender de hombres águilas llegados del norte hace mucho tiempo; cada a o esas águilas que llaman tijeretas, y cuyo nombre científico es elanoides forficatus, vienen en bandadas migratorias desde Norteamérica, y antes de seguir su rumbo hacia el sur del continente sobrevuelan el país de los u'wa siguiendo exactamente la ruta que el mito describe. El retorno anual de las águilas marca para la comunidad el momento de renovar la alianza con el territorio y de evocar la llegada de los antepasados, en un tiempo inmemorial.

Bastaría este mito, encarnado en la vida presente de la comunidad, para mostrar la sabiduría y la profundidad de las relaciones que mantienen con el territorio, pero los u'wa tienen además mitos particulares para los árboles, para los peces, y para los muchos elementos de su cultura y de su relación con el mundo. Quien conozca la poética de Hölderlin o de Novalis entenderá que esa relación con la naturaleza, hecha de respeto y de voluntad de alianza, que los más altos poetas de Alemania reclamaban como la única profunda y verdadera, es de algún modo la que practican estos pueblos nativos americanos. Y recorrer las mitologías de las distintas naciones indígenas del territorio es encontrarse con incontables maneras originales de establecer una relación respetuosa y sagrada con el universo natural, expresada en mitos de gran belleza y de profundo sentido. Siempre supieron convivir con la tierra, y nunca concibieron un orden social enemistado con ella. Más bien parecían profesar una filosofía cercana al Tao de los orientales: intervenir mínimamente en la naturaleza, y sólo hacerlo después de complejos rituales y ceremonias destinados a elaborar el pensamiento que guíe esas transformaciones.

Por eso, a pesar de las muchas civilizaciones que se desarrollaron en el continente, la tierra americana seguía siendo un mundo casi virgen a la llegada de la civilización que todo lo trastorna, y lo que más pudo pasmar a los primeros europeos debió ser la exuberancia de la vida en todas sus formas. Esa exuberancia, con la que los hijos del continente sabían convivir, bien podía ser intolerable para los recién llegados, y no sólo para los espa oles. Antes se diría que de todos los pueblos que ocuparon América los españoles fueron los más capaces de adaptarse y de coexistir con un mundo tan distinto de aquel al que pertenecían. Otros pueblos, antes de instalarse en una determinada región, suelen traer a ella todas las cosas que hacen su confort, eliminar todo lo que no se les parece, y construirse un ámbito a la medida de sus costumbres y de sus expectativas. Antes que adaptarse al mundo necesitan adaptar el mundo a su estilo de vida, y la reciedumbre de su carácter los hace sentir que dondequiera que llegan llega con ellos su tierra de origen. Por eso se entiende que el territorio de los Estados Unidos haya sido europeizado casi por entero y que para ello haya sido necesario el exterminio total de los pueblos nativos, la domesticación de la naturaleza, el todopoder de la ciencia y de la técnica.

En general los conquistadores sentían que había que combatir y vencer la exuberancia de la naturaleza americana. Así describe Castellanos la actitud de los Reyes Católicos ante la noticia del descubrimiento de un mundo nuevo:

Quisieran estos reyes singulares
En aquestos sus amplios se oríos
Que hasta las zavanas y manglares
Y todas las riberas de los ríos
Se les tornaran vi as y olivares
Y no campos inmensos tan vacíos,
Sino hacer las tierras provechosas
Y en ellas jamás ver gentes ociosas.

 

Todo tendía a causarles zozobra y malestar, la espesura de los bosques, la torrencialidad de los ríos, la abundancia de los animales, la enormidad de las tempestades. Allí donde un naturalista, un entomólogo o un ornitólogo contemporáneos habrían podido ver la multiplicidad de las manifestaciones de la vida, la profusión de las formas, los colores, los sistemas de reproducción, las simbiosis y los ciclos vitales, los aventureros veían insufribles enjambres de insectos, plagas y maleza, porque venían de una cultura acostumbrada a sólo considerar aceptable lo que era inmediatamente útil para el hombre. Los nativos hallan una justificación de la naturaleza en sí misma, no la desde an en nombre de la razón o del espíritu, y por la vía de la intuición, del instinto y del ritmo, lenguajes tejedores de mitologías, comprenden el mundo en su complejidad, de un modo que todavía necesitamos estudiar con profunda atención porque bien podría depender de esa familiaridad y de ese conocimiento la salvación de muchas cosas esenciales para el porvenir.

Tal vez hoy de nuevo seamos capaces de esa sutileza, y ciertamente ha sido un siglo de etnología y de antropología, disciplinas que sensibilizaron por fin a las naciones conquistadoras, lo que ha permitido que desde las sociedades occidentales se asuma, casi por primera vez, que Occidente no sólo tiene cosas que ense ar sino cosas que aprender de las culturas a las que inicialmente sólo se preocupó por dominar y saquear. El saqueo es algo secundario: un poco más de oro no hace rico ni pobre definitivamente a un mundo; pero la indiferencia y el desprecio grosero frente a los tesoros culturales de los pueblos y frente a sus conocimientos milenarios sí trazan un estilo y configuran un error peligroso. Así como los Códices de los Aztecas fueron estúpidamente destruidos por los conquistadores, hubo un esfuerzo persistente, como bien lo ha demostrado Germán Arciniegas, no por descubrir sino más bien por cubrir, por ocultar todo lo que era específicamente americano, y la labor de los verdaderos descubridores y de los verdaderos civilizadores se fue desdibujando, mientras nuestros países se aplicaban a la insensata tarea de glorificar como paladines a los guerreros y a los genocidas. Hombres como Francisco Pizarro, como Hernán Cortés, como Sebastián de Belalcázar, como Alvarado y como Pedro de Heredia presiden en todo el continente una absurda mitología de matarifes y de conquistadores, mientras que hombres como Bartolomé de Las Casas, como Vasco de Quiroga, como Fernández de Oviedo, como Juan de Castellanos, que se esforzaron por vivir ese proceso con respeto, con generosidad y con asombro, que trabajaron la vida entera por la alianza de los mundos y por la construcción de una cultura compartida, permanecen en una discreta penumbra demasiado semejante al olvido e incluso al desdén.

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